Juan Rafael Bravo Arteaga
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Padres:
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Casado con Mariela González Molano.
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Disfruté muchísimo el álgebra, la trigonometría, la física, pero también la historia, la literatura y las humanidades que me llevaron a estudiar Derecho. Figuro en la revista del colegio como uno de sus alumnos destacados; revisándola, mi hijo Juan de Dios me dijo: Mi papá quedó déplacé , después de Enrique Ariza.
Me gradué en 1949 y siempre tuve claro que quería ser abogado del Rosario. Por mi familia Arteaga con su línea tan destacada en el Derecho quise ser abogado y por la Bravo destacada en Hacienda Pública me especialicé en derecho tributario, materia en la que fui uno de los únicos alumnos que obtuvo cinco. Esta fue la rama a la que dediqué mi oficina en la que al comienzo llevaba pleitos simples, cobraba parte de la cartera vencida de clientes del Banco de Bogotá y de la oficina de arrendamientos de mi amigo Roberto Collins.
Estudié en la Universidad del Rosario. Me identifiqué completamente con la Universidad por su carácter filosófico y religioso. La Universidad fue fundada en 1650 y, desde ese entonces, los mejores alumnos son elegidos colegiales quienes tienen varios privilegios, entre otros, el de elegir rector y consiliarios, es decir, los integrantes de la Junta Directiva. En mi caso, fui colegial y consiliario en dos oportunidades, también profesor por veinte años y profesor honorario porque me dediqué a la academia como catedrático.
Estando en segundo año de Derecho murió mi papá, situación que generó un cambio desfavorable en nuestra situación económica. Carlos Arteaga, mi tío, de inmediato me dijo que me pagaba los estudios, pero, por fortuna, como los padres de mi profesor de Derecho Constitucional, el doctor Copete, eran muy amigos de los míos y justo para ese momento fue nombrado procurador General de la Nación, entonces me llamó a ofrecerme ser su secretario privado. Cargo que, por supuesto, acepté. Así, durante toda mi carrera, trabajé en las tardes después de estudiar en las mañanas.
Recuerdo que, mientras mis compañeros de carrera se hicieron expertos en billar, yo me iba a trabajar y, como digo: Yo no jugué billar porque nunca supe cuál era el ojo que se cerraba (risas). En mis tiempos libres me iba a estudiar a la Biblioteca del Banco de la República. Este fue un período de mi vida en que leí muchísimo. Claro que tuve aficiones como el tenis y, más adelante gracias a mi esposa, la equitación. El doctor Rodríguez Plata, vicerrector, era tenista y director de la Quinta de Mutis que contaba con canchas de tenis en las que él jugaba y yo iba con mis amigos los sábados.
Después de que la Junta Militar que sucedió a Rojas Pinilla, nombraron al doctor Héctor Julio Becerra, mi profesor de Tributaria en el Rosario, director de Impuestos Nacionales. Sorprendentemente se presentó en mi oficina de la calle diez con carrera octava, debajo de la Plaza de Bolívar, para invitarme a que le manejara los temas de personal. Le manifesté que eso no era de mi interés, sino aprender de derecho tributario. Así me vinculó en calidad de subdirector.
Cuando fui nombrado director de impuestos nacionales, acaban de expedir en el Congreso la Ley 81 de 1960, la estaban sancionando. cuando ocupé la dirección en la administración de Alberto Lleras Camargo, recibí el encargo del ministro de Hacienda de reglamentarla. Era diciembre y debía quedar listo en enero o primeros días de febrero, cuando se presentaban las declaraciones de renta, por lo que era imperativo que la gente conociera la norma. Así lo hice, contra reloj. También me ocupé de preparar el decreto de facultades extraordinarias, sobre procedimiento tributario, el cual se expidió a finales de junio de 1960.
También afronté una situación delicada con el sindicato del Ministerio de Hacienda, el mismo que empezó a tomar un auge muy grande y planteó que todos los nombramientos que se hicieran en la Dirección de Impuestos Nacionales tenían que ser aprobados por ellos. Me opuse, dije que eso no ocurriría mientras yo fuera el director de la entidad, esto me generó un enfrentamiento muy fuerte con el sindicato. Mis superiores en el Ministerio de Hacienda no me respaldaron, lo que obligó mi renuncia del cargo.
Como cosa providencial, Arthur Andersen, oficina americana de auditorías, muy importante en el mundo, una de las cinco más grandes, comenzaba en Colombia. Una vez me retiré de la oficina de Impuestos, me ofrecieron ser tax manager, cargo que ocupé por cinco años, tiempo durante el que viajé a sus sedes de Nueva York y Chicago. Como no soy contador, supe que como abogado no tendría mucho futuro en la empresa, así que decidí retomar mi trabajo en mi oficina, la misma que reabrí en el Edificio de Colseguros. Hace diez años la trasladamos al Parque de la 93, en la que participan mis dos hijos y mi nieto, todos abogados rosaristas.
El Colegio de Abogados Rosaristas se fundó como idea del doctor Jaime Michelsen Uribe, abogado egresado del Rosario de quien fui compañero de Facultad, más no de curso, pues él iba unos años antes. Recuerdo que Michelsen en algún momento me contrató para algunos temas de su banco. Su grupo de amigos consideró que él debía presidirlo. Para ese momento yo era consiliario del Rosario cuando el rector era el doctor Álvaro Tafur Galvis.Recibimos la solicitud, de este grupo de abogados, de convocar una asamblea en el Aula Máxima para su fundación.
Efectivamente se llevó a cabo. Ese día llegó una cantidad de gente que acompañaba a Jaime, pero también empezamos a observar que llegó otrogrupo numerosísimo, solo que opuesto a este nombramiento. En el curso de la reunión alguien tomó la palabra para lanzar la candidatura de Jaime Michelsen, la misma que tuvo enorme y radical resistencia. Un vocero habló en su contra presentando argumentos que lo descalificaban obligando a sus simpatizantes y a él a retirarse.
De inmediato el rector tomó la palabra para decir que ese intento de establecer el naciente Colegio de Abogados no debió terminar de esa manera, que proponía como presidente a Juan Rafael Bravo: esto sin haberme consultado. Tuve alguna acogida, aunque no muy grande. Decidieron abrir la votación y en ella todos me dieron su voto. La división original subsiste hasta ahora: quienes rechazan la existencia del Colegio de Abogados Rosaristas, son descendientes de ese grupo.
De entrada propuse institucionalizar el Congreso de Abogados Rosaristas, de forma anual, para estudiar los temas más importantes del Derecho y vivir el año en función de ese Congreso, preparándolo, comentándolo. Se fundó en mayo para celebrarlo en octubre según la fecha de la conmemoración de la virgen del Rosario, La Bordadita. Invitamos al presidente Belisario Betancur, pedimos una audiencia en Palacio para comentarle, aceptó y al llegar, el día de la inauguración, le pedimos se registrara, pero también que fuera miembro honorario. Aceptó encantado.
Para esa época estaba recién expedido el Código del Comercio que incluyó la fiducia mercantil, una figura completamente nueva, que no conocíamos, entonces nos dedicamos a estudiarla. También surgió el Código de Procedimiento Civil, por lo tanto, lo estudiamos. Cuando se conmemoraron los doscientos años del Memorial de Agravios, el Congreso estuvo dedicado a la memoria de Camilo Torres. Una de las cosas que quisimos hacer fue llevar al claustro del Rosario un busto suyo que se ubicó en la Plaza a la entrada de la Iglesia de la Bordadita. Buscamos una contribución y Pedro Gómez fue uno de quienes hizo el más generoso de los aportes. A lo largo de los cuarenta congresos de Abogados Rosaristas se han presentado trabajos muy importantes, aportes a las diferentes ramas del Derecho que reposan en los archivos del Colegio.
La presidencia es por un año y, aunque no quise ser reelegido, me nombraron varias veces (1983, 1984, 1985, 1986, 1987, 2002 y 2003).
El recorrido por msi memorias me genera mucha satisfacción, la de haber hecho lo mejor con los elementos que me dio la vida, la familia, la academia, las instituciones en que trabajé, mi señora, mis hijos, nietos y bisnietos.
Palabras de Juan Rafael Bravo Arteaga
en Memorias Conversadas
de Isabel López Giraldo
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| Pedro Bravo Echeverri (1845-1902) | Candelaria Uribe Arrubla | Jesús María Arteaga Franco | Carmen Hernandez Uribe | |||||||||||
| Juan de Dios Bravo Uribe (1887-1951) | Rafaela Arteaga Hernandez | |||||||||||||
| Juan Rafael Bravo Arteaga | ||||||||||||||
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