Luis Gerardo Guzmán Acosta

Fallecido el 13 de julio de 2006 en Medellín.
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Padres:
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Casado con Isabel Naranjo Vallejo el 1 de enero de 1950 en Santa Rosa de Cabal.
Hijos:
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Hermanos:
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Mi padre, Luis Gerardo Guzmán Acosta, nació un 19 de agosto de 1920, en el municipio de Mistrató, cerca de la quebrada lava Pié, en el seno de una familia humilde, típicamente paisa, con lo que se quiere decir que ostentaban todos los signos, las costumbres, la fe carbonera de todas esas comunidades que poblaron la geografía antioqueña. Los signos que nos distinguen, además de la tenacidad - "antioqueño no se vara" - son un racismo vergonzante que se quiere camuflar en expresiones y refranes que dibujan el humor elemental de la cultura paisa: "Si vieres comer a un blanco / de algún negro en compañía / o el blanco le debe al negro / o es del negro la comida". Los signos externos, una suerte de caricatura de una supuesta antioqueñidad, son el carriel, el aguardiente, el almuerzo de maromero (la bandeja paisa), el hacha que tumba monte para sembrar progreso. Los paisas somos fieles adoradores del progreso y por eso madrugamos a trabajar.
La cultura paisa es matriarcal y por eso el centro de la familia fue María Dolores Acosta Duque, "mamá Lola", una mujer sencilla que dedicó su vida a dar a luz para la mayor gloria de Dios: tuvo 24 hijos con don Marco Antonio Guzmán Botero.
Luis Gerardo, el tercero de esta enorme camada, se crió -como era norma en las primeras décadas del siglo XX- en el temor de Dios y de Monseñor Miguel Ángel Builes, que desde Santa Rosa de Osos cuidaba a toda Antioquia contra las asechanzas del comunismo y del partido liberal. Ese ambiente religioso, de un auténtico fervor cristiano, era un escenario propicio para que los muchachos miraran la opción de los hábitos como una buena realización de la vida. No sé si mi padre respondía a una auténtica vocación sacerdotal o si vio en el seminario una atractiva puerta para entrar en la comunidad del conocimiento y escapar de la pobreza familiar. El Seminario franciscano de La Umbría, en Cali, acogió a este joven seguidor del Poverello de Asis. Había culminado con éxito las llamadas "órdenes menores" y a los 28 años, cuando se preparaba para postularse al diaconado, antesala de la consagración sacerdotal, un absurdo accidente, un acontecimiento de la vida política nacional, truncó su carrera y su aspiración. El 9 de abril de 1948 fue asesinado, en Bogotá, el líder más carismático que había dado la historia política de la primera mitad del siglo XX en Colombia: Jorge Eliécer Gaitán. La revuelta popular que desencadenó este grave homicidio, se conoce como "El Bogotazo"; los saqueos, los incendios, la destrucción de edificios públicos e iglesias, la masacre indiscriminada de los manifestantes, produjeron una catástrofe nacional y una serie infinita de dramas particulares que no registra la historia. Uno de esos dramas anónimos fue el suicidio de un hermano menor de mi padre, perturbado mentalmente por la violencia de que fue víctima en los hechos de ese día. El rechazo de la iglesia católica al suicidio tiene una larga historia intelectual, desde las consideraciones de San Agustín, en "La Ciudad de Dios", pasando por San Jerónimo, los concilios de Braga y Auxerre y la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino, en la que afirma que "... es absolutamente ilícito suicidarse" y expone las razones.
La comunidad franciscana consideró que la "mancha" de un suicida en la familia inhabilitaba a cualquiera de sus cercanos para el ejercicio sacerdotal. Mi padre debió renunciar al presbiterado y volver al mundo laico para encontrar un lugar como ser humano. La formación académica le permitió convertirse en maestro y luego de varios ensayos en el magisterio del municipio de San Carlos, en Antioquia, llegó a Santa Rosa de Cabal, donde se había instalado la familia y el abuelo Marco Antonio trabajaba como carpintero.
En Santa Rosa conoció, se enamoró y desposó a una bella mujer, Isabel Naranjo. El matrimonio se realizó el 1 de enero de 1950 y de esta unión familiar nacieron seis hijos. Durante 35 años, Gerardo Guzmán ejerció ese curioso magisterio que, en Colombia, pretendía cubrir casi todas las áreas del conocimiento. En la formación básica de los jóvenes colombianos, lo que se llamaba "la primaria" y "el bachillerato", los maestros debían sentirse capaces de participar en una clase de aritmética, lo mismo que en geografía, botánica, anatomía, religión o filosofía. Recuerdo que mi padre a veces dictaba inglés (cómo lo hacía, para mí es un misterio); otras veces religión y filosofía. Cuando fui expulsado del seminario lazarista e ingresé al colegio oficial Francisco José de Caldas, donde trabajaba mi papá, tuve que asistir a sus clases de cooperativismo. En esos treinta y cinco años, ese principio paisa del ahorro ("a ver si consigue platica, mijo!") le permitió adquirir una tierrita pequeña: eran, creo, unas ochenta cuadras, alrededor de cincuenta hectáreas, dedicadas al levantamiento de un ganado cruzado de cebú y criollo, con propiedades de producción en leche y carne. Yo no sé si esta aventura le produjo dinero -no lo creo- pero es un hecho indudable que fue el lugar de maravillosas temporadas de vacaciones. Salir un sábado temprano con papá y mi hermano menor para la finca, a pié, era una promesa de fiesta, una fiesta infantil que consistía en una caminada de nueve o diez kilómetros para llegar a la casa vieja de bahareque, tomar aguadepanela con queso mientras papá daba vuelta a los animales. Una fiesta que le hacía decir a Fernando, mi hermano de cinco o seis años: "... lo bueno de la finca es mojarse, embarrarse y no llorar, para que lo vuelvan a traer a uno a la finca, a mojarse, embarrarse..."
Los treinta y cinco años de esta historia se cerraron en abril de 1984, con la muerte de mamá. Es difícil decir lo que pasó en el alma de mi padre -un hombre algo huraño e introvertido-. Es difícil saber si la partida de la esposa fue un hecho devastador o una suerte de liberación espiritual, que le permitió cumplir el sueño, tantos años diferido, de probar su vocación religiosa y entregarse al servicio de su Dios. Ingresó al seminario de vocaciones tardías del municipio de La Ceja, en el oriente antioqueño, cerca de El Retiro y de Rionegro. Se vio consagrado en la orden sacerdotal, en la misma iglesia en la que había contraído matrimonio con Isabel Naranjo, y pudo vivir veinte años en el servicio apostólico del sacerdocio seglar. Creo que esta última etapa de su vida fue una forma de la felicidad.
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| Luciano Guzmán Isaza | Teresa Botero Botero (1851) | Benjamín Acosta Garcés | Rosana Duque Merino | |||||||||||
| Marco Antonio Guzmán Botero (-1970) | María Dolores Acosta Duque (1903-1964) | |||||||||||||
| Luis Gerardo Guzmán Acosta (1920-2006) | ||||||||||||||
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